viernes, 27 de febrero de 2015

EL CLARO DE YAOTL.


La mujer entró presurosa en la Sala de Audiencias, y se arrodilló frente al Protector con la mirada gacha, como dictaban las normas. Respiraba agitadamente, y el cabello negro que velaba su rostro se veía desordenado y enmarañado; nadie osaría interrumpir la Hora de las Peticiones de no haber un buen motivo. El Protector de Sangre Yaotl decidió prestarle atención inmediata, ignorando a los peticionarios que estaban presentando sus demandas.
—Levántate, mujer —dijo, tomándola suavemente por los antebrazos. Ella levantó la vista, mirando por primera vez con ojos llenos de pánico al Protector—. Dime, ¿qué te trae tan apresuradamente ante mí?
—Es mi hijo, mi pequeño. Llegó hace poco de jugar en la playa, y estaba aterrado. Hablaba de monstruos, de insectos gigantes que habían llegado a la costa. No es un mentiroso, señor, pero pensé… no sé qué pensé, quizá que se había vuelto loco… —La estupefacción se levantó entre los peticionarios. Con un ademán, Yaotl la urgió a continuar.
—No vendría a molestarte por cosas de chiquillos, así que bajé en seguida a comprobar lo que decía mi niño… ¡y es todo cierto! Hay muchos, enormes insectos que brillan al sol, que están descendiendo de la canoa más grande que he visto en mi vida —terminó de explicar entre sollozos e hipidos. Yaotl hizo un discreto gesto a un sirviente para que se llevara a la mujer, y acto seguido despidió a los peticionarios, que salieron entre murmullos de la Sala. Tras pensar unos instantes, llamó a uno de los guardianes que custodiaban la entrada.
—Protector de Sangre —dijo el muchacho, inclinándose en una reverencia breve, pero cortés.
—Nelhi, escoge a tres guerreros y bajad a la playa. Quiero que veáis qué está sucediendo y me traigáis un informe completo.
—¿Crees que hay algo de verdad en lo que dice esa mujer? —preguntó el joven.
—No lo sé, pero como Protector de Sangre de nuestra gente prefiero pasarme de precavido. Y ella estaba tan asustada como para interrumpir una audiencia de peticiones. Llévate una Piedra del Habla para poder comunicarme con vosotros.
—Sí señor, ahora mismo.
Yaotl quedó solo, dando vueltas pensativo a lo que acababa de ocurrir. Sin saber aún qué importancia tenían los hechos, pero con un mal presentimiento revoloteando en su estómago, partió en busca del Sagrado. Recorría las estancias de palacio sin prestar apenas atención a su alrededor, por lo que no se daba cuenta del silencio asustado de los sirvientes, ni de los susurros que lo precedían.
El Protector llegó a los aposentos de Tlicue, Sagrado de la ciudad. Vivía en unas modestas habitaciones dentro de palacio, con una entrada directa para poder ir y venir a su antojo. El mobiliario se componía especialmente de bancos de madera, estanterías repletas de objetos, mesas y poco más. No había tapices adornando las paredes ni cubriendo los suelos, y Yaotl sabía que en el dormitorio solo contaba con un jergón, un arcón para sus escasas ropas y una mesita. El Sagrado era un hombre afable, envejecido prematuramente: aunque no llegaba a las cincuenta ruedas de vida, aparentaba veinte más. La dureza de su cargo y sus responsabilidades pasaban factura a alguien de su carácter. Había sido elegido por los dioses hacía treinta años, al mismo tiempo que el Protector, y entre ambos dirigían el destino y las vidas de su pueblo; un tiempo de paz, de prosperidad, que tal vez se viera truncada. Tras las inclinaciones rituales, ambos hombres se abrazaron con fuerza.
—Yaotl, amigo mío, ¿qué te trae por aquí? No querrás darme la revancha en el Glauss, ¿verdad? Te recuerdo que la última vez me ganaste sólo por casualidad —recordó el Sagrado, con una risita.
—Esta vez no, Sagrado —respondió el Protector con seriedad.
—Vaya, solo me llamas por el cargo cuando hay algún problema. ¿Ha pasado algo durante las peticiones?
—Una interrupción extraña, que me tiene preocupado —. Le relató todo lo ocurrido sin omitir detalle, incluyendo las sensaciones que lo corroían. El Sagrado oscureció su semblante, y tomó asiento en uno de los bancos, haciendo una seña para que Yaotl se sentara junto a él.
—Anoche tuve un sueño-andadura —confesó, mirando el suelo entre sus pies. —Me encontraba en un yermo, y estaba cubierto de ampollas y moribundo por la sed. Miles de escarabajos me rodeaban, clavándome sus pinzas en el cuerpo cuando se acercaban, y yo gritaba y gritaba de dolor. Hasta que una voz me dijo: “no temas, y sigue el camino”. Entonces apareció un sendero ante mí, y corrí hacia él. Los escarabajos no podían entrar, y se agrupaban en sus bordes; pero estaba lleno de sangre, y cada paso que daba me producía mayor sufrimiento en el corazón —. El hombre suspiró, con un encogimiento de hombros. —No sabía qué significaba, pero ahora que te he escuchado creo que es mal augurio.
—He venido a verte porque voy a usar la Piedra del Habla para ver qué está pasando. ¿Querrás quedarte conmigo y ayudarme?
—¡Cómo! No tienes ni qué pedírmelo —. Tlicue se acercó a una estantería y cogió un trozo plano de piedra negra como una noche sin luna, colocándolo sobre la mesa. El Protector sacó un cuchillito de entre sus ropas, y con una última mirada a su amigo, se hizo un corte en la mano. La sangre brotó roja y espesa, cayendo sobre la piedra. Inmediatamente el color oscuro empezó a remitir, pasando a un blanquecino sucio.
—Nelhi, ¿me oyes? ¡Nelhi! —Esperó unos momentos, hasta que una figura borrosa se formó en la superficie.
—Sí, Protector, te oigo bien —respondió una voz lejana.
—¿Tienes algo de lo que informar?
—Oh dioses, ha sido horrible…

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El sol del mediodía acuchillaba, inmisericorde, las bruñidas armaduras de los soldados, que sudaban y se cocían en su interior. La campaña parecía maldita desde el principio. Primero, unas terribles tormentas desviaron a los barcos de su curso, y eso les había hecho perder dos semanas de viaje. Los alimentos frescos y el agua dulce escaseaban, y escorbuto y disentería hicieron su aparición, llevándose consigo a casi la mitad del destacamento. Por si fuera poco, las supersticiones de los marineros culpaban a un soldado tuerto de sus desgracias, e incluso intentaron tirarle al mar atado de pies y manos. Pero finalmente habían conseguido llegar, y servirían de avanzadilla para futuras incursiones.
—Bueno, capitán, ¿y ahora qué? —preguntó el sargento Flynn, colocándose al lado de su superior mientras escrutaba la selva a través de los ojos entrecerrados.
—¿Qué tipo de pregunta es esa, Flynn? Sabes igual que yo cuáles son las órdenes, así que más vale que dejes de hacerte el tonto y empieces a preparar a los exploradores, a ver qué tenemos por delante.
El sargento miró con el rabillo del ojo a su capitán. Llevaban más de diez años en la misma compañía, habían luchado en diferentes guerras codo con codo, y tenía más confianza en él que en su propio hermano. No obstante, en aquella campaña había algo que no le gustaba, percibía una pátina funesta sobre todos ellos que casi podía saborear.
—Wilford, sé cuáles son mis obligaciones, los exploradores ya están dispuestos para salir en cuanto se lo ordene—reconvino amablemente a su capitán—. Es solamente que tengo un mal presentimiento…
—No me vengas ahora con presentimientos. También tuviste uno en Zenaxis, y solamente te cagó una paloma en la cabeza. Daría una mano porque eso fuera lo peor que nos sucediera.
—Ah, entonces no me puedes negar que estás inquieto. Te conozco desde hace un montón de años, y nunca te había visto tan taciturno. ¡Joder, si ni siquiera has bebido en la última semana!
—Flynn, es que no sé por qué nos ha mandado el Emperador al culo del mundo —contestó Wilford, mientras se pasaba la mano por el rostro para enjugarse el sudor—. No me gusta ser la avanzadilla de un supuesto ejército conquistador, y menos que se me ordene hacerme con la tierra a toda costa. Sin provisiones, sin refuerzos, teniendo que apañarnos con lo que encontremos. Siempre he pensado que la mejor forma de ganar una guerra es no librarla nunca, y  hasta ahora al Imperio le había ido muy bien. Sus soldados han sido embajadores y mercaderes; sus municiones, oro, monedas y joyas. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué nuevas intenciones tienen el Emperador y sus consejeros? Y encima nos colocan a un sacerdote que no sabe mear sin ensuciarse los pies; solo para que no se tropiece con una raíz voy a tener que ponerle escolta —refunfuñó desabrido el capitán, mirando al diácono de la compañía, que vomitaba sujetándose el estómago—. Anda, envía ya a los exploradores.
El sargento suspiró, e hizo una seña con la mano. Inmediatamente un grupo de soldados se puso en movimiento, internándose en la selva armados con arcabuces, mosquetes y espadas a la cadera. Unos minutos después, ambos hombres siguieron sus pasos, introduciéndose en la jungla junto al resto del menguado ejército. El aire era sofocante. A calor se le unían la humedad ambiental y un desagradable olor a vegetación podrida. La espesura era tan densa, que tenían que abrirse camino con machetes y espadas, pareciendo que la floresta se cerraba detrás de ellos.
En ese momento sonaron unos disparos cerca, y poco después un explorador salió corriendo desaforadamente del boscaje que tenían ante ellos. Se dirigió hacia donde esperaban el capitán y el sargento, sorprendidos por haber encontrado problemas tan pronto.
—¡Capitán, señor! —exclamó el soldado, un muchacho de no más de veinte años, con la cara pálida y desencajada, los ojos abiertos como huevos cocidos.
—¿Qué pasa, muchacho? Cálmate, respira hondo y dame un informe completo. —Estas palabras consiguieron aplacar al rastreador, que visiblemente más calmado, procedió a explicar lo sucedido más adelante.
—Señor, ha sucedido algo horrible. ¡Un salvaje, casi parecía un animal, se ha acercado a nosotros, con una lanza en las manos! Llevaba una piel que le cubría desde la cabeza, como una capa, y debajo iba casi desnudo. Se acercaba a nosotros gritando en un idioma diabólico, sujetando el arma sobre la cabeza. Y entonces Jones se puso nervioso y disparó, capitán, y lo ha matado.
—¿Que lo ha matado? Pero ¿había hecho algo, os amenazó, os tiró la lanza? ¡Contesta, hombre!
—Ehm… no, señor, solo se quedó ahí plantado, diciendo cosas incomprensibles —contestó el soldado, cada vez más acobardado ante la reacción de su superior.
—O sea, que es el primer ser humano que encontramos, no os ataca, solo habla, y vosotros le pegáis un tiro. ¡Maldita sea mi estampa, vaya panda de inútiles me han asignado! —replicó un cada vez más enfurecido capitán—. Vamos, Flynn, a ver qué es lo que han hecho estos imbéciles. —Apartó de sí al explorador con un empujón, y salió andando apresuradamente hacia el lugar de donde había salido el joven, seguido del sargento. El resto del ejército murmuraba inquieto, sin saber exactamente qué era lo que había sucedido para que sus superiores estuvieran tan agitados.
Pronto llegaron al pequeño claro donde estaba el resto de la avanzadilla. Tendido en el suelo, y rodeado por cinco soldados, se encontraba el nativo muerto. Había sido un hombre alto, musculoso, de piel oscura y vestido con un taparrabos y una capa confeccionada con la piel de un animal. Esta, dorada con manchas marrones, estaba salpicada con la sangre que manaba del pecho del hombre. Casi no quedaba nada reconocible del torso: los disparos del arcabuz habían destrozado carne y huesos, dejando un agujero que casi traspasaba el cuerpo. Aun así, se distinguían restos de tatuajes allí donde la piel había quedado intacta. La lanza estaba a su lado, ahora tan inofensiva como su propietario. Wilford se agachó junto al cadáver, observándolo preocupado durante unos segundos.
—Dioses del Abismo, en qué nos hemos metido…

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—Os he reunido a todos para explicaros el peligro al que se enfrenta nuestro pueblo —explicó Yaotl, con semblante sereno pero grave. Los nobles de la ciudad, así como representantes de varios gremios, escuchaban respetuosamente sin decir palabra; los rumores les habían llegado, y estaban a la espera de lo que el Protector de Sangre tenía que decir—. Como ya habréis oído, han desembarcado unos extraños en nuestras playas. Pues bien, envié unos guerreros a investigar, y me han traído noticias devastadoras: esos hombres no han venido en son de paz. Uno de los nuestros se acercó a hablarles, llevando la lanza en alto por encima de la cabeza para demostrar que no tenía malas intenciones, y lo han asesinado, abandonando su cuerpo después. —Un murmullo colérico recorrió la Sala de Audiencias—. Tienen una magia extraña, desconocida para nosotros: palos aulladores, que gritan y matan destrozando la carne. Ahora mismo traen al fallecido para realizar los ritos funerarios. Debéis alertar a la población, para que niños, ancianos y madres estén dispuestos para evacuar la ciudad, si los extranjeros llegan a sus puertas. Por favor, daos prisa, y que los dioses os guarden.
Con estas palabras despidió a la pequeña multitud congregada en la Sala. Yaotl salió del palacio en dirección al edificio donde se alojaban los guerreros. Allí, en la Cámara Ritual, le esperaban cuatro hombres y tres mujeres, junto a un visiblemente nervioso Tlicue. Estaban sentados en el suelo formando un círculo alrededor de un brasero, donde se quemaban unas hierbas que hacían llorar los ojos. El ambiente era sofocante y oscuro, cuatro antorchas iluminaban apenas la estancia. En las esquinas esperaban unos sirvientes, con los ojos puestos en la ceremonia que se iba a celebrar. Sin decir palabra, el Protector se colocó a la espalda del Sagrado, al que hizo una seña para comenzar.
—Hace muchos años que nuestra gente no estaba en peligro —comenzó Tlicue—. Siempre hemos intentado llevarnos bien con nuestros vecinos, tomamos de la tierra solo lo que esta nos puede dar, rogamos el perdón de los dioses por los animales que debemos matar para comer. Pero una amenaza extraña ha llegado de más allá del mar, matando a quien se acercaba en son de paz. Y ahora tenemos que responder y observar. Traed a los animales.
Los sirvientes salieron de la sala, volviendo al cabo de unos momentos con unas jaulas que arrastraban mediante fuertes sogas. Encerrados en ellas, tres jaguares daban vueltas con los ojos clavados en los humanos. Otros criados traían dos enormes lechuzas sujetas a los antebrazos, tranquilas gracias a los capuchones que cubrían sus cabezas. Los guerreros se levantaron: dos hombres y una mujer, que se sentaron cada uno frente una jaula, y los dos restantes que sujetaron a las aves. El Sagrado empezó a canturrear, una letanía hipnótica que se repetía mientras los animales iban poniéndose cada vez más nerviosos. El cántico se iba haciendo más rápido, se volvía más insistente, subía de volumen, hasta que, al llegar a su cénit, hombres y mujeres introdujeron sus brazos en las jaulas y quitaron los capuchones. Halcones y jaguares, aterrados, mordieron la carne que se les ofrecía, y la voz cesó. Los guerreros cayeron tumbados, y los sirvientes se acercaron a colocarlos en una postura más cómoda. Un silencio glacial se extendió por la habitación, inmovilizando a todo ser vivo. Los ojos de las bestias brillaban con otro tipo de conciencia, mientras que los guerreros seguían petrificados como estatuas. El Sagrado abrió la jaula de los felinos.
—Ahora, guerreros, por la sangre sois uno con vuestros anfitriones. Sed nuestras garras y nuestros ojos. Observad a los extraños… y atacad cuando podáis.
Tras unos instantes, los grandes pájaros salieron volando en silencio, y los jaguares los siguieron con paso elástico. Tlicue miró a Yaotl, consternado. Protector y Sagrado se sentaron a esperar acontecimientos. El tiempo pasaba lentamente, las sombras jugaban en la pared revoloteando bajo la luz de las antorchas, indiferentes a lo que se representaba a su alrededor.

Noche. Oscuridad y multitud de olores. Olores secos, húmedos, olores de extraños también. El jaguar no quería acercarse a las luces lejanas, había detectado el picante aroma de una hembra en celo y deseaba ir con ella. O quizá cazar uno de esos ratoncillos que correteaban entre la hojarasca. Pero el otro que estaba con él no lo dejaba en paz, lo urgía a ir hacia el calor, hacia el rebaño dueño de la luz, y él prefería la oscuridad, el silencio. Su viajero le hacía promesas, le susurraba palabras dulces de sangre y alimento, y por fin cedió a sus exigencias. Y se desató el caos.

Pasó el tiempo. El Protector observaba distraído el juego de luz y oscuridad, cuando lo sobresaltó una mano sobre su brazo. Se volvió y vio como Tlicue le hacía un gesto con la cabeza. Miró hacia los guerreros y abrió mucho los ojos al ver como estos empezaban a convulsionarse sin hacer ruido. Levantándose precipitadamente se acercó a ellos.
—Tlicue, algo está pasando —le espetó al Sagrado, con la voz llevada por el pánico. Los hombres y mujeres del suelo empezaron a sangrar por nariz y boca, hasta que la inmovilidad descendió sobre la estancia. Solo dos personas quedaban ilesas. En ese momento entraron las lechuzas, posándose junto a esos dos cuerpos; poco después, los humanos despertaron, y empezaron a gritar.

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—Quiero las guardias por parejas, y más vale que os espabiléis bien. Como pille a alguno de vosotros dormido o meando siquiera, le voy a clavar las pelotas al suelo, ¿está claro? —arengó el sargento Flynn a los soldados—. Jones, como tienes el disparo fácil, tú no harás guardia —esperó hasta ver el gesto de alivio del chico, y con una sonrisa perversa, continuó hablando—: cavarás las letrinas y luego ayudarás en cocina. Andando.
Los hombres salieron disparados a cumplir con su cometido. El sargento, satisfecho, fue a reunirse con el capitán, mientras supervisaba de camino la instalación del campamento. Pasarían la noche allí, a unas leguas de la costa, en un gran claro rodeado de bosque que les proporcionaba cierta protección. El capitán esperaba bajo un gran árbol, mirando pensativo hacia el interior de la floresta. La oscuridad se había echado encima a una velocidad pasmosa, y la vida nocturna despertaba ruidosamente.
—Flynn, ¿te has dado cuenta de que apenas sabemos movernos por esta zona? El indígena salió casi de la nada, según los exploradores, sin hacer ruido y pillándolos por sorpresa. Han pasado ya horas desde el incidente, y está todo tranquilo. Demasiado tranquilo, y eso no me gusta.
—Bueno, quizá fuera un solitario, no necesariamente tiene por qué pertenecer a una tribu —aventuró Flynn. Wilford se quedó mirando a su segundo con cierta sorna.
—Venga ya, sargento. Un hombre musculoso, bien alimentado, con una lanza de calidad y cubierto por tatuajes y pieles correctamente curtidas. Ese no tenía pinta de andar por ahí perdido y sin contacto con otros humanos.
—Sea como sea, he establecido unos turnos de guardia por parejas. Y después de este jaleo, los chicos andarán con mil ojos.
Unos gritos en el centro del campamento interrumpieron su charla; se miraron y echaron a correr hacia el ruido. Los soldados estaban agitados, las armas prestas, mirando enloquecidamente a su alrededor. Las voces se sucedían, bramidos de alarma e ira surcaban la noche, el pánico era tan denso que se masticaba. El capitán agarró fuertemente del brazo a un muchacho que corría hacia ningún sitio.
—Chico, ¿qué está pasando? ¡Chico! —gritó, zarandeándolo para sacarle de su aterrado estupor.
—N…no sé, capitán. ¡Algo está matando a los guardias! Se los lleva a la oscuridad, los destroza y deja sus restos para que los encontremos. Ruge y aúlla de una forma espantosa, ¡es un demonio de la noche que viene a por nuestras almas!
El capitán soltó al soldado, ordenándole quedarse en la zona iluminada por las hogueras. En ese momento sonaron unos disparos; parecía una repetición de la pesadilla vivida unas horas antes. En esta ocasión, las descargas eran mucho más frecuentes, casi como si hubieran entrado en combate. Unos instantes después, los arcabuces enmudecieron.
—Flynn, vete ya mismo a ver qué ha pasado. Yo intentaré poner un poco de orden entre los muchachos. En unos minutos te quiero aquí con todo tipo de explicaciones.
Asintiendo, el sargento corrió rápidamente hacia el lado este del campamento. Cuando salió del radio de acción de las fogatas, la penumbra descendió sobre él como una mortaja, acallando incluso los sonidos del campamento. Restos humanos salpicaban el terreno, no sabía muy bien qué eran, y tampoco estaba dispuesto a pararse a investigar. Rápidamente llegó hasta un grupo de soldados, que observaban nerviosamente el entorno. A sus pies, dos jaguares enormes yacían atravesados por las balas, y el olor a pólvora y sangre saturaba el ambiente. Nada más ver al sargento, uno de los soldados se le acercó, cuadrándose en un saludo marcial.
—Descansa, soldado. Por el amor de los dioses, ¿qué ha pasado aquí?
—Señor, no se lo va a creer. Estos jaguares muestran una inteligencia demoníaca: han estado persiguiendo a nuestros guardias, eliminándolos de uno en uno. En cuanto se separaban dos o tres metros, las bestias los atacaban, a veces matándolos en seguida, a veces llevándoselos.  No sabemos muy bien cuántos hombres han desaparecido o muerto, pero entre nosotros y otro grupo al oeste, hay tres animales muertos.
—Los jaguares no son inteligentes, aquí está pasando algo que se nos escapa. —En ese momento reparó en uno de los guardias, que sangraba profusamente de un lado de la cara—. ¿Qué le pasa a ese?
—Una lechuza. Lo atacó cuando estaba disparando, señor, y se llevó una oreja consigo. Mire, sargento, antes de alistarme yo era leñador, conozco muy bien el bosque y esto no es normal; los animales no se acercan a los humanos, y menos cuando hay hogueras de por medio. He pasado muchas noches acampado, y lo máximo que he visto ha sido el brillo de los ojos de algún lobo a lo lejos.
—Escúchame, no quiero que des pábulo a conjeturas delante de los demás, ¿entendido? Ahora mismo vienes conmigo a presentar tu informe de primera mano al capitán. —Los dos hombres se marcharon a grandes zancadas hacia el interior del campamento.

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Los dos guerreros supervivientes, un hombre y una mujer, descansaban en una pequeña estancia junto a Yaotl, Tlicue y un par de criados, relatando los sucesos. El Sagrado les había dado unas hierbas que calmaban mente y espíritu, pero no había podido terminar con el horror de sus miradas.
—Salimos de caza, como nos dijiste, Protector. Al principio, nuestra intención era solo asustar a los guardianes, para que el miedo les hiciera desistir. Irhue fue el primero; se subió a un árbol, y cuando el extranjero pasó por debajo, saltó derribándolo. Le hizo dos arañazos, poco más, pero el hombre sacó un cuchillo enorme de sus ropajes, y desgarró todo el flanco de Irhue. Salió corriendo, pero el compañero del guardián usó el palo que grita, y lo destrozó. —El guerrero calló. Rememoraba los hechos casi como si le hubieran sucedido a otra persona, con la mirada perdida. Al ver que no continuaba, la mujer tomó la palabra.
—No podíamos hacer nada, solo mirábamos. Mataron a los jaguares, uno tras otro, pero consiguieron llevarse consigo a muchos de esos demonios. Ha sido terrible, Protector, yo… no pude evitarlo, le arranqué una oreja a uno de ellos, pero Slithe me gritó para que viniéramos a contarte todo. De lo contrario, le habría sacado los ojos, le habría… —la mujer rompió a llorar, humillada. Tlicue le puso una mano sobre el hombro, mirándola con conmiseración.
—No te avergüences por tus lágrimas, criatura. Habéis hecho bien. Ya nada podíais hacer por vuestros hermanos, y era fundamental conocer todo lo que visteis. Tranquilízate, todos ellos serán vengados.
Tras unas palabras más de consuelo, Tlicue y Yaotl salieron de la salita, dirigiéndose a los aposentos del Sagrado en el palacio. Se derrumbaron sobre unos asientos nada más llegar, y Tlicue alargó la mano para tomar una jarra de agua fresca. Sirvió dos copas y alargó una al Protector.
—¿Qué piensas? —preguntó. —Las noticias que nos han traído son alarmantes. Esos palos que gritan tienen una magia que no conozco. Por mucho que he rezado pidiendo consejo, no he recibido respuesta alguna. Y se dirigen directamente hacia aquí. Mi sueño… mi sueño se está haciendo real —admitió con un hilo de voz—; nuestro pueblo y yo mismo somos los escarabajos…
—Y yo soy el camino de sangre, Tlicue —terminó Yaotl. Su amigo lo miró espantado, negando con la cabeza.
—No sé qué quieres decir.
—Sí lo sabes, Sagrado, pero no lo quieres considerar. Invocaré la Niebla Oscura.
—¡No sabes lo que estás diciendo! ¡No, no lo consentiré! —exclamó, con la voz rota, levantándose del banco y empezando a pasear por la habitación. El Protector se levantó, y le puso las manos sobre los hombros.
—Tlicue, amigo mío, ha llegado el momento para lo que fuimos elegidos. Soy el Protector de Sangre de nuestra gente, y tú eres el Sagrado que nos guía hacia los dioses. Tenemos que cumplir con nuestras responsabilidades. Sé que será más difícil para ti que para mí, pero te suplico que no flaquees.
—No puedo, no soy capaz… —respondió el Sagrado, con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí, lo serás. Porque yo, tu amigo, tu hermano, te lo pido. Es la única opción que nos queda, y no voy a sacrificar a nadie más.
Llorando abiertamente, Tlicue se sentó en un banco, y hundió la cara entre las manos. Yaotl se colocó junto a él, abrumado por lo que iban a desatar.

 

Al día siguiente, cuando cayó la noche, Yaotl entró en la Cámara Ritual vestido únicamente con un taparrabos. Llevaba todo el cuerpo pintado con glifos, símbolos protectores importantes para su pueblo, que daban a su piel un aspecto ondulante. Solo unos cuantos de entre su gente presenciaban el ritual, pero todos estaban al tanto, y las oraciones se elevaban desde cada casa, desde cada garganta. El Sagrado esperaba tras una mesa, ataviado con una magnífica piel de leopardo y una máscara negra, con sólo dos agujeros para los ojos, que se veían enrojecidos. El Protector de Sangre se tumbó sobre la mesa y aguardó. Las antorchas iluminaban tenuemente la estancia, otorgándola una cualidad ominosa. El silencio era espeso cuando Tlicue empezó a hablar.
—En este día, el Protector de Sangre ha invocado la Niebla Oscura. Es su derecho, su obligación, su responsabilidad. Los dioses lo eligieron para mantener a salvo a nuestro pueblo, y siempre lo ha cumplido. Pero ahora nos encontramos ante una amenaza que no podemos vencer, y el Protector hará lo necesario. Sed testigos de su sacrificio.
Bajó la vista. Yaotl estaba tranquilo, y le devolvió la mirada con resignada aceptación. Hizo un pequeño gesto de asentimiento. Tlicue hurgó entre sus ropas, y sacó un pequeño punzón de oro. Las manos le temblaban; sentía una especie de entumecimiento interior, como si estuviera viviendo todo aquello desde el cuerpo de otra persona. Con destreza, clavó el afilado punzón en el cuello del Protector, que no hizo el menor gesto de dolor. La sangre empezó a resbalar hacia el suelo, disolviéndose en una calima oscura, una niebla de muerte que comenzó a fluir serpenteante hacia la salida de la Cámara. El Sagrado lloraba bajo la máscara, mientras veía cómo el aliento de la vida se escapaba de entre los labios de su amigo. En unos minutos, los ojos de Yaotl se volvieron vidriosos y el sacrificio acabó. Un fuerte viento se levantó en la estancia, y todas las antorchas se apagaron.

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El día había transcurrido sin complicaciones. Después de la espantosa noche anterior, los hombres estaban inquietos, asustados. De no ser por el fuerte control del sargento, se habrían desmandado totalmente, cediendo al pánico. Pero la sensación de orden era solo ilusión: una simple chispa podía desatar un pandemónium espeluznante. A medida que pasaban las horas, la esperanza empezaba a renacer, la creencia en la posibilidad de que todo volvería a estar bien, que pronto regresarían a casa. Lentamente empezaron a caer en un sopor inducido, sin darse cuenta de su origen preternatural. Un ojo avezado, despierto, se habría percatado de que las sombras no presentaban un patrón coherente, sino que se movían como si tuvieran vida propia.
Los soldados dormían, incluso los que estaban de guardia: sentados en banquetas, de pie apoyados contra un árbol, allá donde estuvieran cerraban los ojos y se espaciaban sus respiraciones. Y cuando el campamento quedó en calma, las sombras se empezaron a mover, deslizándose sobre la tierra aplastada, rodeando sinuosas todo aquello que les obstaculizaba el camino, esparciéndose por el terreno hasta ocupar completamente el claro. Y entonces, como obedeciendo a una señal, empezaron a trepar por los cuerpos dormidos. Lo que quedaba del destacamento, murió sin un ruido, sin un movimiento, en silencio; y su carne desapareció.
A la mañana siguiente, cuando el sol saludaba a todos los seres de la jungla, un claro en el interior del bosque permanecía en silencio. Ni siquiera los insectos se acercaban por allí. Los restos de unas hogueras humeaban en el amanecer, que ponía de manifiesto una escena irreal. Todo tipo de pertrechos permanecían en su sitio: ollas, cuencos, botas de agua, esteras para dormir. Las armas se encontraban donde las habían dejado, algunas junto a sus piedras de afilar, otras junto a los cubiletes de pólvora. Pero lo más espeluznante eran las armaduras. Corazas apoyadas en los troncos, allá donde habían desaparecido los guardias. Camisas y calzones tirados en el suelo, todavía con la forma de sus propietarios. Un montoncito de monedas relucientes esperaba inútilmente a sus dueños, que se las habían estado jugando a los dados.
El tiempo iría, poco a poco, desperdigando esos restos, pero la vida nunca volvería al claro. La leyenda del sacrificio de Yaotl pasaría de boca en boca, engrandeciéndose, y la zona recibiría en adelante el nombre de “claro de Yaotl”, donde las sombras paseaban a su antojo, observando siempre, dispuestas a actuar cuando algo amenazase a su pueblo.

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