martes, 17 de febrero de 2015


UN DÍA COMPLETO.

Y ahora, un poquito de humor. Es un relato al que le tengo bastante cariño, la verdad, y en el que seguramente notéis cierto aroma a un escritor conocido. ¿Adivináis?

La bruja caminaba con paso resuelto colina arriba, en dirección a su cabaña. La seguía una muchacha, una joven campesina con un aspecto sano como una manzana: esto es, redonda y coloradota.

—Que no, Reme, que no te puedo dar un filtro de amor. Es imposible hacer que Manolo se enamore de ti. ¿Por qué no pruebas los métodos tradicionales? —iba casi gritando la mujer, mientras daba unas zancadas dignas de cualquier atleta.

—Es que estoy coladita por él… además, ¿a qué métodos se refiere?

—Ay hija, pues no sé, lo típico… ponle morritos, tírale un beso, mírale con las pestañas medio bajadas… ¡Yo qué sé, enséñale una teta! —Al escuchar el exabrupto, la chica se santiguó escandalizada.

—Pero ¿qué dice usted? ¿Qué diría mi padre si hiciera algo así? Seguro que se liaba a perdigonazos conmigo.

—A perdigonazos, ya; pero para llevaros al altar, so mema —masculló entre dientes, procurando que la moza, que la seguía como un perrillo, no la escuchase. Su mirada se iluminó: por fin había llegado a casa—. Mira, ya te he dicho que no hay hechizos de amor que valgan, así que tendrás que apañártelas como todas las chicas del pueblo. Hale, adiós, y acuérdate de decirle a tu madre que ponga los callos en remojo antes de lijárselos, que la última vez casi se queda con dos muñones en vez de pies. —Y dicho esto, aprovechó para cerrarle la puerta en las narices.

Con un suspiro de satisfacción, se acercó al fogón para empezar a prepararse un té, mientras repasaba mentalmente su provisión de hierbas. Le faltaba hibisco y escaramujo, tendría que reponerlos antes de que comenzase la época de resfriados. Estaba escaldando las hojas de infusión, cuando sonaron unos golpes en la puerta. Tentada estuvo de hacerse la loca y fingir que no estaba en casa, pero la habían visto llegar y eso era imposible. Así que salió gruñendo a ver quién era.

—Remedios Canalejas, te he dicho que… ¡Anda, Manolo, pero qué casualidad! —exclamó con sorna—. Pasa hombre, no te quedes ahí, que vas a echar raíces. A ver, ¿qué tripa se te ha roto?

—Ehm… señora… este… —Manolo no se distinguía por su facilidad de palabra. Desde luego, la bruja no sabía qué podía ver Remedios en él.

—Muchacho, arranca, que no tengo todo el día —lo animó, impaciente.

—Pues verá, venía a… es que quiero rondar a la Reme, pero no creo que le guste, y me preguntaba… bueno, ¿no podría hacer una brujería de esas suyas para que la moza me mire con buenos ojos?

La mujer arqueó tanto las cejas que casi se le juntaron con el nacimiento del pelo. Madre mía, y yo que quería ser peluquera, lo que me iba a perder. Mirando al mozo, suspiró y decidió hacer de tripas corazón.

—A ver, Manolo, tienes que declararle tus intenciones… me refiero a decirle a Remedios que te gusta —se corrigió al ver la cara de desconcierto del chico al escuchar la palabra “intenciones”— y, por supuesto, llevar este amuleto que voy a darte. —Miró por todas partes hasta que vio una bolsita de tela en la que solo quedaban algunas hierbas; se la dio con un gesto ampuloso, que esperaba le diera un aspecto más mágico. El mocetón miró el objeto estupefacto, y con la boca abierta se lo llevó al corazón.

—Gracias señora, muchas gracias. En cuanto hagamos la matanza, le subiré unos chorizos, ya verá qué bien le salen a mi padre. ¡Gracias! —Y dándose la vuelta salió corriendo camino abajo.

La bruja cerró la puerta meneando la cabeza, murmurando para sí sobre la estupidez humana, y especialmente la de los manojos de hormonas que eran los jóvenes. A pesar de que ella tenía apenas cuarenta años, sentía como si hubiera dejado atrás la juventud hacía por lo menos sesenta. De hecho, consideraba que la juventud le debía años. Sumida en estos pensamientos, sirvió la taza de té y la llevó a la mesa de la cocina.

—Hay que ver, Adela, lo bien que te las arreglas.

Del respingo que dio la mujer, la taza fue a parar al suelo haciéndose añicos. Se quedó mirando cómo la cuchara, casi milagrosamente, daba vueltas sin cesar puesta de pie. De una patada la mandó bajo el aparador.

—Por dios, mamá, ¿es que siempre me tienes que dar estos sustos? —dijo, girándose para enfrentar al fantasma de su madre. Esta la observaba divertida, desde un estado translúcido que consideraba que le sentaba la mar de bien.

—Ay hija, no seas aguafiestas, que la eternidad es muy aburrida.

—Francamente —resopló Adela—, a veces estoy tentada de poner la casa patas arriba a ver si encuentro dónde narices has escondido tu alma. Aunque fuera necesario derribarla y buscar ladrillo por ladrillo.

—Ya. Y si encontraras el objeto al que me he ligado, ¿qué? ¿Ibas a destruirlo?

—No, pero conozco un claro muy bonito al que llevarlo. En un bosque. Lejos. De hecho, tan lejos que tardaríamos semanas en llegar hasta allí.

—Veo que tienes tan mal carácter como siempre. Ya sabía yo que serías una buena bruja —contestó su madre con cariño—, tienes aún peor genio que yo. Pero bueno, vayamos al grano: él tiene problemas otra vez.

El silencio se hizo en la habitación. De pronto, ambas rompieron a hablar a la vez.

—¡No puedes estar hablando en serio! No quiero tener nada que ver…

—¡Venga hija, no seas tan testaruda! Aunque no te guste, tienes que ayud…

Callaron al mismo tiempo y sostuvieron un duelo de miradas. El fantasma tenía las de ganar: en primer lugar porque tenía todo el tiempo del mundo, y en segundo porque al no tener realmente ojos, estos no le picaban por tenerlos abiertos. Con una sonrisa triunfante, vio cómo su hija abatía los hombros y desviaba la mirada.

—Vale, cuéntame qué ha pasado. —Y se sentó a tomar el té mientras su madre empezaba a explicarse.

*****

Si había algo que Adela aborrecía en el mundo, eran los nigromantes. No es que no le gustaran las cosas muertas, es que prefería que las cosas muertas se quedaran muertas. Estaba segura de que tener zombis o esqueletos vivientes paseando por ahí era como mínimo antihigiénico, por mucho que sus defensores estuvieran felices porque eran trabajadores que no pedían aumento de sueldo ni se declaraban en huelga. Por eso, cuando abrió la puerta de la vieja cabaña de una patada, su ceño podría haber detenido a un tranvía sin frenos. Esto es asqueroso, pensaba mientras entraba arremangándose el vestido, con cara de estar pisando estiércol rancio. El suelo estaba sembrado de huesecillos, trozos de piel medio putrefactos y otros objetos que prefería no analizar de cerca.

Al llegar al centro de la estancia, se detuvo frente a un pentáculo dibujado con tiza de color rojo y rodeado de símbolos místicos. Observó el diseño con ojo crítico y procedió a borrar algunas runas y sustituirlas por palabras de poder de su propia cosecha. Cuando terminó, se colocó enfrente y murmuró la contraseña secreta que sellaba todos sus hechizos, una palabra que sabía que era imposible que alguien descubriera.

—Cascoporro.

Inmediatamente el pentáculo comenzó a relucir con tonos verdosos, y poco después una figura con patas de cabra, grandes cuernos y un enorme libro en la mano, se materializó en su interior.

—¡Mortal, como osas perturbar al gran…! Vamos no me jodas, ¿tú otra vez? —preguntó el demonio con desesperación al ver quién lo había invocado— ¿Es que no puedo estar torturando almas tranquilamente sin que me vengas a molestar?

—¿Qué tal, Machupichu?

—¡No me llames así! —escupió furioso el ente— Mi nombre es Mhaawzshuprizzzsxhju, ¡ten un poco de respeto!

—Que sí, Machupichu, que sí. Por cierto, ¿qué es ese libro que llevas?

—¿Esto? —respondió, mirando al libro— Nada, un nuevo tormento que se le ha ocurrido al jefe. Es un compendio de legislación administrativa; tenemos que leérselo a las almas que nos llegan, y la verdad es que hace maravillas. A los pocos minutos se ponen a llorar y a suplicar que paremos y volvamos a los latigazos. ¡Pero estábamos hablando de mi nombre!

—Oye, vamos al tema y te soltaré, ¿vale? —interrumpió Adela al diablo, que se estaba preparando para una larga diatriba en defensa de su maligna identidad—. Mira, el nigromante que vivía en esta casa ha desaparecido, y quiero saber dónde está. Sé que eres el cotilla del inframundo, así que escupe lo que has oído.

—Ah, o sea, que después de lo que pasó hace dos años, que conseguiste que me degradaran a ser un demonio del cuarto infierno, ¡del cuarto, yo que era un Archidemonio!, me pides ayuda. ¿Y qué gano yo con eso? —preguntó, con una mirada enfadada y astuta.

—Te voy a contar todo lo que ganas —empezó a enumerar la bruja con los dedos—: que no te destierre al infierno con un cartel en la espalda que ponga Machupichu, que no haga correr la voz de que eres un simple “asusta niños”, que no te incinere con un hechizo divino, que no…

—Vale, vale, lo he pillado, es suficiente. Tú no conoces la palabra regatear, ¿verdad? Bueno, la cosa es que el nigromante empezó un conjuro para traer a la Muerte y una mosca se la jugó, así que en vez de venir la Muerte aquí, se ha catapultado él a su casa.

—¿Una mosca? —preguntó Adela, confundida— ¿Cómo que una mosca?

—Pues sí, una tontería: una mosca se posó en su nariz, estornudó, y el hechizo cambió de dirección. Es más común de lo que parece, no te creas —contestó con una risita—, recuerdo una vez que a un demonólogo, en plena invocación, le picó un mosquito en el culo y apaaaaarrggg…

Con un gesto distraído, la bruja rompió la atadura del demonio y lo mandó de nuevo a sus dominios, mientras cavilaba en el siguiente paso que tenía que dar.

*****

El cementerio estaba oscuro y tranquilo, como solía ser a la una de la madrugada. Claro que siempre se podía encontrar a algún aspirante a médico desenterrando un cadáver, o a una parejita que consideraba que una tumba era más estimulante que el típico pajar, pero por lo general nada perturbaba la paz de los muertos. Así que Adela escogió un precioso y coqueto mausoleo para el encantamiento que la llevaría a la Casa de la Muerte.

—Nunca entenderé por qué la hay que gastar más dinero en los muertos que en los vivos —pensó en voz alta, mientras preparaba los componentes que necesitaba para el sortilegio. Siempre se quedaba sorprendida al constatar cómo la gente pensaba que la brujería consistía en mezclar rayos de luna, ojos de tritón, alas de murciélago o sangre de una virgen. La realidad era bien distinta: la magia era una disposición mental y espiritual, y los objetos que utilizaba servían únicamente para conducirla a ese estado. Acabados los preparativos se tumbó en el suelo y cerró los ojos.

Cuando los abrió estaba en un jardín primorosamente cuidado y lleno de flores. La hierba se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y una suave brisa agitaba los tallos. A su derecha se levantaba una casita amarilla con tejado verde, y hasta ella llegaba el aroma del pan recién hecho. Se levantó y miró alrededor con detenimiento. Un poco más lejos de donde se encontraba había una figura inclinada sobre las plantas, así que se dirigió hacia allí. Estaba tan enfrascada en su tarea de podar y arreglar los rosales, que no se movió hasta que Adela se colocó a su espalda.

—Hola, Muerte.

La Muerte se giró. Parecía un anciano de aspecto apacible en el que solo desentonaban sus ojos, que eran solo unas cuencas vacías. Llevaba un mono de trabajo, botas de agua y una pequeña guadaña en la mano con la que cortaba las malas hierbas. Sonrió mostrando una dentadura perfecta, e hizo un gesto invitándola a hablar.

—He venido a buscar a alguien. Él estaba terminando un hechizo, cuando se confundió y… —La Muerte asintió, y con la mano le señaló la casa. Adela se dio cuenta de que los dedos eran extraordinariamente largos y delgados, con más articulaciones que las habituales. Ante la insistencia de su gesto, se despidió con la cabeza y se encaminó al edificio, dejando a la Muerte con su tarea.

Cuando cruzó el umbral, el olor a pan hizo que su estómago rugiera de hambre, de modo que lo siguió. En la cocina se encontraba un hombre mayor, de corta estatura, con una túnica roja bordada con runas en negro, sentado a la mesa tomando té con galletas. Adela suspiró y se frotó los ojos.

—Hola papá. Anda, que voy a sacarte de aquí.

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De vuelta en la cabaña, una Adela enfurecida daba vueltas por la sala, mientras su padre, sentado a la mesa frente a ella, se retorcía cabizbajo las mangas de la túnica.

—Es que no sé cómo se te ha podido ocurrir algo así. Vamos, ¿traer a la Muerte? ¿Pero es que no queda cerebro en esa sesera tuya, papá?

—Solo… solo quería obligarla a traer de vuelta a la Señorita Bubis —musitó el nigromante, avergonzado.

—¿Señorita Bubis? —preguntó perpleja— ¿Quién es la Señorita Bubis?

—Es mi gata. —Adela se quedó mirando a su padre, completamente estupefacta.

—¿Tu gata? ¿Todo esto por una gata?

—No es una gata, es mi gata. Es una estupenda cazadora de ratones, y además la enseñé a traerme sus restos para que pueda practicar —contestó el hombre, levantando la cabeza con aire digno. Su hija se lo quedó mirando.

—Mira, papá, ¿qué te parece si te traigo un hurón, eh? Un joven del pueblo, que seguramente a estas horas me deberá un par de favores, los adiestra para atrapar ratones, ratas y serpientes pequeñas. Seguro que te será muy útil para tu… eh… ocupación.

—¿Un hurón? Vaya, cómo no se me habría ocurrido antes —dijo su padre, entusiasmado—. Es una idea muy interesante, además podría enseñarle a que me los trajera vivos como cuando tu madre y yo…

—¡No quiero saber más! —lo interrumpió Adela levantando la mano. Bastante malo era ser el resultado de un escarceo amoroso entre una bruja y un nigromante en una noche de borrachera, como para que ahora le dieran detalles escabrosos—. Hablaré con Manolo, y cuando lo tenga te lo traigo. Bueno, ya es tarde, me voy a casa. Cuídate, papá. Ah, por cierto, si no quieres que tu próxima invocación te traiga a un demonio enfurruñado con complejo de inferioridad, revisa el pentáculo.

 

Una hora más tarde, acostada en su cama disfrutando de la tranquilidad nocturna, Adela reflexionaba. Un arreglo amoroso, una invocación demoníaca, una visita a la casa de la Muerte de lo más interesante, y la promesa de conseguir un hurón para mi padre. Desde luego, odio los lunes; a saber qué pasará el resto de la semana. Y con ese pensamiento, se quedó dormida.

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