viernes, 12 de febrero de 2016

SANGRE DE MI SANGRE


No sabría decir cuándo empezó mi locura: si el día en que Phillipe murió, o cuando encontré a Odette, mi esposa, sumergida hasta el cuello en una bañera de agua teñida con su propia sangre.

Odette siempre fue una mujer alegre y llena de vida; su sonrisa, el brillo de sus ojos, iluminaban cualquier estancia en la que se encontrara. El día en que el cólera se llevó a nuestro hijo fue el comienzo de su declive: su vitalidad se esfumó, apenas comía algún mendrugo de pan y se aseaba lo mínimo imprescindible. Cuando llegaba de trabajar, no me prestaba atención más allá de un frio saludo que precedía a su inevitable salida de la habitación. Llegué a creer que me evitaba, que tal vez me culpaba de la muerte de Phillipe, pero hoy comprendo que simplemente era incapaz de mirarme a los ojos porque le recordaban demasiado a los de nuestro hijo. Pasaba todo el tiempo del que disponía en la sala de costura, donde un gran retrato familiar presidía la estancia desde su lugar sobre la chimenea. En él se nos veía felices a los tres, mi esposa sonriendo y nuestro pequeño de cinco años sentado en el regazo, jugando con su cabello.

El momento en que la sorprendí riendo y hablando con el retrato fue como una bofetada para mí. En aquel momento debí haber reaccionado, haber supuesto que algo no iba bien, pero la vorágine en que mi empresa se hallaba sumergida hizo que no le diera demasiada importancia. Me decía, ignorando las punzadas en mi corazón, que era beneficioso que hubiera recuperado su alegría, aunque solo fuera durante el tiempo que pasaba en aquella sala. Y un par de meses después, al regresar a casa, descubrí que mi esposa se había cortado las venas. Afortunadamente, o tal vez no tanto, pude llamar al médico y salvarla antes de que la vida se escapase por sus muñecas. Una vez recuperada, el doctor le diagnosticó histeria post traumática y le puso un tratamiento a base de opiáceos que la mantenían en un estado de constante aturdimiento.

Y fue entonces cuando empecé a pensar en la posibilidad de traer a Phillipe de vuelta.

*     *     *

Mecánicas Fouchard, con sede en París, se había convertido en la mayor empresa de fabricación de autómatas a nivel mundial, con sucursales en medio planeta. Louis Villepan dirigía la delegación londinense, para lo que se había trasladado junto a su esposa Odette y su hijo Phillipe a la capital británica; era una de las más rentables gracias al gusto de los ingleses por gastar su dinero en autómatas que facilitara sus vidas. Autómatas para cocinar y ocuparse de las tareas domésticas, para pasear al perro, autómatas que conducían vehículos; incluso se estaba trabajando en un modelo policía que, de conseguir el resultado esperado, podría multiplicar exponencialmente las ganancias de la familia Fouchard.

Louis trabajaba junto a un magnífico equipo de ingenieros y psiquiatras, en lo que gustaba denominar como su “equipo de trabajo para la chapa y el alma”. Uno de los principales escollos a salvar era la necesidad de construir un autómata que tuviera algún tipo de discernimiento entre el bien y el mal, para poderlo destinar a la aplicación de la ley. Las máquinas construidas hasta el momento sabían obedecer unas órdenes sencillas, dos o tres por ejemplar, de manera que solo eran útiles para tareas rutinarias, y desde luego sin ningún tipo de moral más allá de realizar aquello para lo que habían sido fabricados. El reto estaba en insuflar al hombre mecánico algún tipo de conocimiento, de personalidad, de “alma” en definitiva, para acercarlo más al concepto humano de ser vivo. Y ahí entraba en juego la labor de los doctores de la mente, ayudando a construir unas placas que, una vez introducidas en el interior del constructo, le permitirían realizar una acción similar al pensamiento.

Villepan no sabía muy bien cómo funcionaba aquel proceso. Estaba al tanto de los experimentos de Nikola Tesla, pero lo que realmente había supuesto un paso de gigante fueron las teorías de Giaccomo Rossi, un físico interesado por la psicología y lo paranormal. Este había ideado una serie de componentes que mezclaban la electricidad y los combustibles fósiles como el carbón, aunando cielo y tierra como él mismo defendía, y que consideraba que eran los cimientos del alma humana. Aunque para Louis el sistema resultaba incomprensible, lo cierto es que cuando las placas eran colocadas en un autómata, lo animaba una cierta lucidez y conocimiento de sí mismo que maravillaban a sus creadores.

Y entonces el cólera se llevó a su hijo, y todo su universo se puso patas arriba. La decadencia de su esposa se dejaba ver en el aspecto de Louis, siempre tan atildado e impecable: había adelgazado, y unas profundas ojeras negras circundaban sus ojos. Aunque nunca había sido amigo de bromas y chascarrillos, solía tener un humor excelente y buen trato con sus subalternos, pero cada vez estaba más serio y taciturno, llegando a no pronunciar palabra en todo el día. Su equipo no lo sabía aún, pero la mente del director estaba cada vez más ofuscada por la obsesión de revivir a su hijo. El cuerpo no era ningún problema, hacía tiempo que estaban trabajando con unos materiales que tenían un aspecto muy similar a la piel humana, pero el verdadero obstáculo era recuperar o recrear el alma del niño.

Pasaba las horas en su estudio, haciéndose traer toda la información existente sobre los avances científicos y espirituales, inmerso en tratados ocultistas que le habían costado una fortuna, y visitando en sus horas libres a espiritistas y magos de toda Inglaterra. Hasta que conoció a Guilleaume Foscar.

*     *     *

¡Oh, maldita la hora en que conocí a Guilleaume, ese mal nacido, maldito brujo que trajo la ruina a mi vida! La culpa fue mía, lo sé, consumido como estaba por la pena y la desesperación: perdí a mi hijo, y estaba a punto de perder a mi esposa. Y entonces se presentó aquel canalla, con la solución, decía, a mis problemas. Lo recuerdo como si fuera ahora mismo, pidiendo verme en la antesala de la oficina, con su sombrero ladeado y su arrugado rostro sin afeitar.

—¡Le digo que a mí querrá verme, idiota! —gritaba a mi secretario Jerome, que infructuosamente intentaba que se marchara. Al oír las voces salí de mi despacho a ver qué sucedía, y un desagradable tufo a alcohol y humanidad asaltó mis fosas nasales. El individuo que había ante mí, desharrapado aun envuelto en su oscuro gabán, exudaba no obstante una fuerza y un magnetismo intrigantes. Yo había pasado toda la tarde inmerso en unos panfletos sobre espiritismo, más propaganda que información científica, pero en aquel entonces todo me servía.

—¿Qué sucede, qué es este escándalo? —pregunté, frunciendo el ceño en mi mejor imitación del empresario molesto. Ante mi interrupción, el talante del sujeto se volvió automáticamente servicial, y soltándose con facilidad del agarre de Jerome, se me acercó haciendo ostentosas reverencias.

—¡Oh señor Villepan, es un honor conocerlo! Los avances tecnológicos de su compañía son fascinantes y, ahora que lo tengo ante mí, veo que fruto de su trabajo y talento.

—Verá, señor…

—Foscar, Guilleaume Foscar es mi nombre, y vengo arrastrándome, suplicándole unas migajas de su escaso tiempo, que a tan nobles empresas dedica…

He de reconocer, para mi mayor vergüenza, que me sentí harto complacido por los halagos que el hombre me dedicaba, creyéndome merecedor de todos ellos en grado sumo. Entre cumplidos y gestos ampulosos, conseguí conducirnos al interior del despacho y cerrar la puerta. Inmediatamente el comportamiento del individuo cambió, tornando las muestras de admiración en gesto de orgullo; incluso pareció crecer en centímetros.

—Señor Villepan, vengo a hablarle de algo de suma importancia —comenzó, con una voz cavernosa mucho más ronca de la que había mostrado en la antesala—. Ha llegado a mi conocimiento que usted podría necesitar de mis… servicios.

—No sé de qué me está hablando —respondí, perplejo.
—Muy sencillo: sé que su hijo ha muerto y que su esposa está en un estado, digamos, decaído —prosiguió sin tregua. Un escalofrío recorrió mi espalda, a medias entre el horror por mi desgracia y el hecho de que ésta fuera de su conocimiento—. Sé también a qué se dedica su empresa, el tipo de autómata en el que están trabajando. Por otro lado, he oído de su infortunio y de la búsqueda hercúlea que realiza. ¡Y yo puedo ayudarlo, puedo hacer que el alma su hijo vuelva de entre los muertos para habitar un nuevo cuerpo mecánico!

Empalidecí. ¿Qué estaba diciendo este hombre? Nunca, en ninguna de mis investigaciones, había oído hablar del tal Guilleaume Foscar, y estaba convencido de que en mi plantilla constaban los mejores profesionales que el arte de los autómatas necesitara. También sabía que el nuevo modelo animado no era aún del dominio público, así que estaba asustado por el alcance de lo que él me estaba desvelando. Hasta que caí en la cuenta de lo que me ofrecía: la vida de mi pequeño. La mía.

—No entiendo exactamente a qué se refiere, señor Foscar. La moralización de los constructos está aún en una fase muy preliminar y es imposible…

—¡Imposible! ¡Ja! No existe lo imposible cuando el genio y la razón se aúnan para trascender una realidad desvaída como esta en la que usted cree. Y yo, señor mío, soy un genio —replicó el hombre, mirándome con unos ojos en los que relucía una chispa de un fuego que podría quemar mi alma—. Deme un cuerpo mecánico, consígame lo que necesite, y yo haré volver a su hijo del más allá. Recuperaré su alma y usted recuperará a su familia.

Mientras hablaba se iba acercando a mi mesa, tras la que me había desplomado al principio de su diatriba sin poder creer en lo que escuchaba, sin atreverme a creerlo. Las últimas palabras me las dijo susurrando apenas a unos centímetros de mi cara, y ahora lloro al recordar que su apestoso aliento me pareció entonces el más sublime de los perfumes. La mera idea de volver a recrear el cuadro de la sala de costura se me antojaba entonces más una promesa que una utopía, y la obsesión me cegó.

—Muy bien, señor Foscar. Dígame qué necesita.

Y el canalla empezó a hablar.

*     *     *

Los ingredientes que Foscar necesitaba, prácticamente rozaban en lo absurdo. Algunos eran tan banales como sal y pimienta, arena de huerto o conchas marinas, pero otros resultaban tan estrambóticos como siniestros: el suspiro de un moribundo o las lágrimas de un niño eran sólo un ejemplo. Pero Villepan estaba tan trastornado con la posibilidad de recuperar a Phillipe que no veía el ridículo que hacía entrando de madrugada en un antro en el que sabía que estaba falleciendo un mendigo, y desde luego no le parecía mal golpear a un chiquillo hasta hacerle llorar. Estaba dispuesto a todo.

Cada vez prestaba menos atención a su trabajo; permanecía en la empresa el tiempo suficiente para despachar cartas, escribir recomendaciones o aprobar facturas, dejando casi toda la organización en manos de su secretario Jerome, que se mostraba muy preocupado por la desidia de su jefe y mentor. Pero un día que empezó a abordar el cambio de actitud en Louis, éste lo echó de su despacho con cajas destempladas, y desde entonces no se atrevía a mostrar su extrañeza frente a él.

Con el pretexto de realizar unas comprobaciones, encargó a sus ingenieros un constructo del tamaño de una criatura de cinco o seis años, ajeno a la sorpresa con la que fue recibida su petición. Ansioso, se lo llevó a Foscar ansiando su aprobación; en el tiempo que llevaban trabajando juntos, Villepan era quien había adoptado un talante servil frente al otro, tal como un alumno admira a su maestro, y no era consciente del desprecio con que era tratado. Guillaume apenas prestó atención al autómata, indicando con un gesto que lo dejara en el fondo del almacén donde trabajaba.

—Guillaume, ¿cuándo tendrá todo preparado para traer a mi hijo? —era la pregunta que hacía Louis casi a diario, nada más entrar al almacén. Sin muestras de haberlo oído, Foscar continuaba trabajando en un conjunto de matrices que exhalaba un humo fétido que contaminaba toda la estancia. Discretamente, Villepan repitió— ¿Guillaume?

—¡Déjeme tranquilo, infiernos! —ladró Foscar. De inmediato, al ver que Villepan se erguía, recuperado en parte su orgullo por el exabrupto, continuó con más amabilidad—. ¿No ve que necesito concentración, hombre de Dios? Vaya, ha traído un maniquí del tamaño adecuado. No tema, en pocos días estará terminada mi obra, y entonces podrá tener a su Phillipe. Solamente necesito unas cosas más.

Louis suspiró, preparándose en su fuero interno para otra larga serie de correrías buscando los extraños ingredientes que a Foscar se le ocurriese encargarle. Para su sorpresa, la lista se reducía a cinco apuntes.

—En primer lugar, necesito cinco bobinas de Tesla, un ataúd de cobre del tamaño del autómata, cinco varillas de cobre de tres pies de largo y un recipiente de plata maciza del tamaño de un puño, con un agujero en medio. También deberá traerme algo que perteneciera a su hijo, un mechón de cabello o algo así.

—¿Serviría un diente de leche? Mi esposa guarda uno en un relicario que apenas se pone.

—Sí, sí, un diente sería perfecto —contestó Foscar, volviendo a la mesa de trabajo—. Ahora, si me disculpa, debo continuar trabajando: estoy en un momento delicado y no puedo distraerme.

Sin prestarle mayor atención, lo despidió con un gesto de la mano; intimidado una vez más, Villepan se retiró sin volver la mirada atrás, por lo que no pudo ver al hombre observarlo de reojo con una extraña sonrisa en el rostro.

*     *     *

Apenas me costó encontrar los objetos que me había pedido. Bobinas de tesla teníamos de sobra, ya que eran muy utilizadas para activar las placas del alma, como las llamábamos entonces, y que permitían a nuestros autómatas tener cierto remedo de pensamiento. Los objetos de cobre resultaron algo más problemáticos, especialmente el sarcófago, pero con unos cuántos favores cobrados aquí y allá y un buen fajo de libras, pronto lo tuve en mis manos. Un joyero fabricó el objeto de plata sin hacer preguntas, y conseguir el diente fue harto sencillo; en aquel entonces, mi esposa era poco más que una parte de la decoración de la casa, constantemente aturdida por el opio. Apenas se levantaba ya de la cama, todas las comidas las hacía en el dormitorio merced a la diligencia de su doncella, y si presentaba un aspecto ligeramente más pulcro que antes, era porque la muchacha lavaba su cuerpo con una reverencia nacida de la compasión. Sólo tuve que entrar en la habitación en un momento en que la criada estaba aseando a mi esposa en el cuartito contiguo, abrir el relicario y sacar su contenido. Sabe Dios por qué en ese momento tuve un escalofrío y la necesidad urgente de dejar el diente donde estaba, hasta tal punto que quedé paralizado por unos instantes. Pero de pronto fui consciente del leve tufo dulzón a enfermedad, de la cama desordenada, de las cortinas corridas para no dejar entrar la luz del sol, y aquello selló mi destino: envolví la pieza en un pañuelo y, metiéndolo en el bolsillo, salí de allí como si hubiera cometido un robo inconfesable.

Unos días después Foscar tenía todo preparado en el almacén, y me citó a mediodía para terminar su obra. Nuestra obra, la llamaba entonces, pero el tiempo me ha permitido ver que yo sólo era el medio para conseguir un fin. Podría pensarse que para lo que iba a suceder habría elegido la noche, tal vez las postreras horas de la madrugada, pero el horror no conoce de horarios y aquel día la luz del sol se colaba por las sucias ventanas que rodeaban el almacén.

Cuando entré, quedé sorprendido: había limpiado meticulosamente cada rincón de la estancia, relegando los artículos sobrantes a un rincón donde se apiñaban sin orden ni concierto, única nota discordante entre la pulcritud reinante. En el suelo había grabado una enorme estrella de cinco puntas en un único surco, en cuyo centro reposaba el sarcófago de cobre con el autómata en el interior. En cada extremo del pentáculo había una bobina de Tesla, y en sus intersecciones se hallaban insertadas las varillas. Una maraña de cables rodeaba todo el montaje, finalizando en la mesa de trabajo como si fueran los tentáculos de un monstruo venido de un reino de pesadilla.

—Bienvenido, amigo Louis. Está a punto de presenciar algo que revolucionará a la humanidad, que destruirá el miedo a la muerte; las religiones ya no tendrán ningún poder sobre la vida amenazando con el castigo del más allá, porque siempre podremos volver —declamó Foscar, como si se dirigiera a un público invisible en cuyo centro estaba yo—. Y usted habrá sido el artífice de todo, gracias al amor que profesa a su familia. ¿Qué sería de este proyecto sin su dedicación, sin su entrega en cuerpo y alma?

Estúpido de mí, pensé que me estaba halagando, que ensalzaba mi esfuerzo por traer de vuelta a Phillipe; no era capaz de reconocer el atisbo de burla y el cinismo que encerraban sus palabras. Cualquier reparo que pudiera haber concebido desapareció en un momento, sustituido por un renovado afán de cumplir con el sueño de rehacer mi vida.

—Ahora —continuó hablando—, solamente necesito algo más: unas gotas de su sangre.

—¿Mi sangre? ¿Cómo dice? —pregunté, echándome atrás preso de un temor inexplicable.

—Es su hijo, señor Villepan, sangre de su sangre —respondió con voz melosa—; por eso mismo, para traerlo de vuelta, necesitaré este último sacrificio de su padre.

Temblando, le tendí la mano. Foscar sacó del interior de su chaleco una navajita con la que hizo una pequeña incisión en mi palma. Sin intercambiar palabra, empapó un trozo de tela con mi sangre y envolvió el diente con él, introduciéndolo dentro del agujero realizado en el recipiente de plata. Acercándose al sarcófago, colocó el objeto en el interior del pecho del constructo, que procedió a cerrar con un chasquido. Se acercó a la mesa y, sin más ceremonias, accionó un interruptor. Inmediatamente, unos brillantes rayos de luz azul empezaron a circular entre las bobinas pasando por las varillas, donde parecían amplificarse en un círculo vicioso constante, mientras un zumbido cada vez más fuerte perforaba mis tímpanos.

No soy capaz de recordar cuánto tiempo duró aquel espectáculo de luz y sonido, al que asistía embobado; en mi mente sólo han permanecido mezclados el resplandor y la resonancia, junto con un ansia voraz por comprobar si todos nuestros esfuerzos habrían dado sus frutos.

De súbito, tras un agudo silbido, se hicieron la oscuridad y el silencio.

Y en la penumbra del almacén, vi incorporarse al autómata. Vi levantarse a mi hijo.

*     *     *

La dimisión de Villepan al frente de la delegación londinense de Mecánicas Fouchard causó la estupefacción a los accionistas de la empresa, pues no les había llegado noticia de la rápida degradación de Louis. Jerome, siempre tan diligente y agradecido a su jefe, se las había arreglado para que no se notara, con la fútil esperanza de que fuera algo pasajero y todo quedase arreglado. Poco después del último encuentro con Foscar, éste desapareció. Nadie supo nunca lo ocurrido en ese almacén, y tampoco supuso motivo de extrañeza que alguien como Villepan adquiriese un ejemplar de autómata de entre los más modernos. Sí hubo rumores acerca de la peculiar elección que suponía su tamaño, pero jamás se acercaron siquiera a la verdad.

Unos días después de instalar al nuevo Phillipe en la casa, Odette comenzó a experimentar una mejoría sorprendente. El niño mecánico pasaba las horas en la habitación de su madre, tan sólo entreteniéndola con su presencia y sirviendo el té. La doncella de la señora Villepan se despidió dos semanas después: confesó a su patrón su profundo desasosiego en presencia de Phillipe, como todos habían acordado llamarlo, y había buscado otro acomodo en una gran residencia de Birmingham. De modo que, tras quedarse sin apenas servicio, Louis, Odette y Phillipe emprendieron un viaje de reposo a una pequeña casita que tenían en el campo.

Pasaron los días. Aunque al principio todo parecía idílico, poco a poco Villepan comenzó a sentirse incómodo en la presencia silenciosa del autómata. Sorprendía a su esposa susurrando mientras juntaba su cabeza con la del niño, callando cuando se percataba de su presencia. Con el paso del tiempo se dio cuenta de que había una extraña relación entre Odette y Phillipe de la que él estaba excluido. Salían de las habitaciones cuando él entraba, encontraban repentinamente algo que hacer cuando él comenzaba una conversación, hasta el punto que se sintió un extraño en su propia casa.

Un día salió a dar un paseo por el campo, y a medio camino se dio cuenta de que había olvidado su reloj. Volvió sobre sus pasos y al acercarse al dormitorio escuchó voces. Perplejo, puesto que allí las visitas eran muy escasas, se asomó despacio, y lo que vio lo dejó tan aterrado que no fue capaz de moverse. Su esposa yacía en el suelo, con las venas cortadas como una obscena representación de su intento de suicidio, mientras con un hálito de vida miraba como Phillipe bebía su sangre. Con una tenue sonrisa en los labios, expiró y sus ojos se volvieron vidriosos. En ese momento, el niño volvió la cabeza hacia Louis.

—Padre…

Y Louis Villepan, casi enloquecido, salió corriendo de la habitación.

*     *     *

Esta es mi historia, escrita de mi puño y letra. Estoy en mi casa de campo, encerrado en mi despacho, mientras escucho a Phillipe, mi inhumano hijo, arañar la puerta mientras susurra su hambre y me ruega que le abra, que seamos de nuevo una familia. He dejado aparte mi vergüenza para contar todo lo sucedido, y que no se vuelva a repetir: en nombre de la tecnología no podemos jugar a ser dioses. ¡Quemad los autómatas, destruid todos los constructos! Que nadie, llevado por la ambición o la soledad, pueda de nuevo abrir el abismo al que me he arrojado yo. No sé quién es Guillaume Foscar, ni qué ha sido de él. ¿Es un brujo? ¿Un ser humano corriente obsesionado con la ciencia? En este momento en que aguardo mi propia muerte, sólo espero que lo encuentren para impedirle repetir con otro incauto lo que ha hecho conmigo. Que el Señor se apiade de mi alma.



                                                                                                                                                             Louis Villepan.

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